
Evolución el ser humano y la Vida
Por Tomás Núñez, ThD
En la comprensión de los grandes cosmólogos que estudian el proceso de la
cosmogénesis y de la biogénesis, la culminación de este proceso no se realiza en el
ser humano. La gran emergencia es la vida en su inmensa diversidad y aquello que le
pertenece esencialmente que es el cuidado. Sin el cuidado necesario ninguna forma de
vida subsistirá.
Es imperioso enfatizar que la culminación del proceso cosmogénico no se
concreta en el antropocentrismo, como si el ser humano fuese el centro de todo, y los
demás seres sólo tuvieran significado cuando se ordenan a él y a su uso y disfrute. El
mayor evento de la evolución es la irrupción de la Vida en todas sus formas, también
en la forma humana.
Los biólogos describen las condiciones dentro de las cuales surgió la Vida, a
partir de un alto grado de complejidad, y cómo cuando esta complejidad se encuentra
fuera de su equilibrio, impera el caos. Pero el caos no es sólo caótico; es también
generativo. Genera nuevos órdenes y otras varias complejidades.
Los científicos no saben definir lo que es la Vida. Ella es la emergencia más
sorprendente y misteriosa de todo el proceso cosmogénico. La vida humana es un
subcapítulo del capítulo de la Vida. Es necesario enfatizar: la centralidad le
corresponde a la Vida. A ella se ordena la infraestructura físico-química y ecológica de
la evolución, que permite la inmensa biodiversidad, y dentro de ella, la vida humana,
consciente, hablante y cuidante.
La vida es entendida aquí como autoorganización de la materia en altísimo
grado de interacción con el universo y con todo lo que la rodea. Cosmólogos y biólogos
sostienen la vida como la suprema expresión de la “Fuente Originaria de todo ser”, que
para nosotros es otro nombre, el más adecuado, para Dios. La Vida no viene de afuera,
sino que emerge del núcleo del proceso cosmogónico mismo, al alcanzar un altísimo
grado de complejidad.
El premio Nobel de biología, Christian de Duve, llega a afirmar que cuando
ocurre tal nivel de complejidad en cualquier lugar del universo, la vida emerge como
imperativo cósmico (Polvo vital, 1997). En ese sentido el universo está repleto de vida.
La vida muestra una unidad sagrada en la diversidad de sus manifestaciones,
pues todos los seres vivos portan el mismo código genético de base, que son los 20
aminoácidos y las cuatro bases fosfatadas, lo que nos hace a todos los seres vivos
parientes unos de otros. Cuidar de la Vida, hacer que se expanda, entrar en comunión
y sinergia con toda la cadena de vida y celebrar la Vida: es el sentido de vivir de los
seres humanos sobre la Tierra, entendida también como Gaia, superorganismo vivo, y
nosotros, los humanos, como la porción de Gaia que siente, piensa, ama, habla y
venera.
La centralidad de la Vida implica en concreto asegurar los medios de vida como:
alimentación, salud, trabajo, vivienda, seguridad, educación y ocio. Si extendiésemos a
toda la humanidad los avances de la tecnociencia ya alcanzados, tendríamos los
medios para que todos gozasen de los servicios de calidad a los que solamente
sectores privilegiados y opulentos tienen acceso hoy.
Hasta ahora el saber ha sido entendido como poder al servicio de la
acumulación de individuos o de grupos que crean desigualdades, por lo tanto, al
servicio del sistema imperante, injusto e inhumano. Postulamos un poder al servicio de
la Vida y de los cambios necesarios exigidos por ella. ¿Por qué no hacer una moratoria
de la investigación y de la invención, a favor de la democratización del saber y de las
invenciones ya acumuladas por la civilización, para beneficiar a los millones y millones
desposeídos de la humanidad?
Este es el gran desafío para el siglo XXI. O nos autodestruimos, pues hemos
construido ya los medios para ello, o empezamos finalmente a crear una sociedad
verdaderamente justa y fraternal, junto con toda la Comunidad de la Vida.
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