SEGUIRE COMIENDO PLATANOS CON SALAMI, ¿Y QUE?

Por José Alfonso García

            Hay mucha gente de piel morena y sueños fallidos que dicen querer esta ciudad con un amor tan y tan grande que desborda los caudales de toda imaginación.  Sin embargo, estos amantes empedernidos, prefieren vivir inadvertidos y olvidados en ciudades vecinas donde no los conocen ni los perros; pero no se mudarían a vivir con su familia a su Lawrence del alma, ni que los maten.  “¡Jesús ché!, ¿Yo vivir en Lawrence?  ¿Seré yo loco?  ¡Ay no, aquí hay demasiados hispanos!” se apresuran a expresar su respuesta cuando algún desprevenido les hace la pregunta del millón: ¿Y tú vives en Lawrence?

Otros que también parecen amar a Lawrence con locura son aquellos residentes que gritan con orgullo, como pregonándolo a los cuatro vientos: ¡Esta es mi ciudad! pero la única razón por la que viven aún en este campo es porque, parece que por el momento, la realidad de su entorno económico sigue siendo más fuerte que su sueño inalcanzable de marcharse para Andover.

Hay muchos otros, sin embargo, que como usted, como aquel, o como yo, seguiremos enarbolando por siempre y con ceñida altivez la bandera de nuestro origen latino.  Nos insertamos con éxito en esta cultura tan extraña como diversa sin tener que negociar, y mucho menos esconder, nuestras raíces caribeñas.  Aprendemos el inglés, las bellas artes y hasta los trucos secretos del juego de dominó.  Contamos con las agallas y el calor de hacernos “americanos” pero nunca renunciamos a lo que algunos han llamado con certeza, nuestras “malas costumbres” popularmente difundidas y a veces hasta exageradas por la mera percepción.

Para esos humildes y bondadosos ciudadanos que aman tanto esta ciudad; pero que al mismo tiempo la detestan, aunque con cierta ternura, a esos gavilanes del desierto, maestros en las artes de pescar en río revuelto sin mojarse los zapatos, a esos tiburones callejeros capaces de sumergirse en el fango sin estropearse su ropa, a esos paladines encumbrados de la honestidad y del decoro, los felicito y reconozco su audacia.

Los latinos tenemos la virtud de transfórmanos y adaptarnos a la idea de que somos ciudadanos ejemplares y exitosos con iguales oportunidades; pero al mismo tiempo, nos negamos a dejar de saborear la agradable sensación de comernos nuestros plátanos con salami, gritar o chillar en vez de hablar cuando estamos entre la gente, o celebrar con unos tragos sin motivos aparentes al ritmo cadencioso de un merengue ripiao.  Estos hábitos, visibles factores de nuestro diario vivir, aunque notables, no parecen ser razones suficientes para permitir que nos metan a todos en un mismo saco para considerarnos como vulgares ladrones, mentirosos, asaltantes, drogadictos, violadores, mafiosos, ilegales y corruptos.  Pues, como decía mi vieja, que Dios siempre guarde en gloria: “A mi, los fósforos” o “La calentura no está en las sábanas”. Yo seguiré viviendo en Lawrence y comiéndome mi plátano.  ¿Y tú?